Alohaua Querida,
¿Cómo te sientes ahora mismo?

Cierra los ojos, conecta con tu respiración, y escucha la respuesta de tu cuerpo, real, ahora. Y sea cual sea, déjala ser por hoy 🙂
Hoy, quiero compartir contigo una inspiración: Unas palabras para invitarte a sentir tu verdadero (gran y único) valor, como mujer. Que no depende de nada ni de nadie:
Hace unos años, me leí un libro de Pierre Rabhi titulado «Hacia la sobriedad feliz». En él, Pierre habla sobre cómo es la vida moderna de hoy en día. En el contexto de la rapidez en la que hacemos todo con constantes listas de «quehaceres» «importantes» y la constante sensación de falta de tiempo, y de «mostrar». En este contexto, cita lo siguiente:
«Para la modernidad, el tiempo pasa, (…) lo que ha creado el frenesí como forma de vida. Está fragmentado en horas, minutos, segundos, bajo la vigilancia de relojes, cronómetros … (…) En un estadio olímpico, una fracción de segundo tiene el poder de dar o confiscar la victoria al atleta, (…) Sin embargo, los latidos de nuestro corazón, el ritmo de nuestra respiración o nuestra circulación sanguínea nos recuerdan constantemente que estamos conectados al reloj cósmico, y no a las varillas de …».
Y yo te planteo: ¿Cuántas veces damos el poder al reloj, o a un papel (un título universitario, el resultado de un examen, la aceptación o no a una oferta de trabajo) o a un embarazo perdido, o a un cuerpo, o a cualquier elemento o ser externo, de definir lo que somos o lo que valemos?
Yo confieso que lo he hecho muchas veces: Definir mi valor por lo que tengo materialmente, por mi ropa o estilo de vestir, por mi posición laboral, por mi posición en la familia, por mis viajes, por mis amigos, por mis idiomas hablados… Cuando en realidad, hacer que tu valor dependa de algo externo es hacerlo inestable, inseguro, temporal… Vs verlo por lo que es y donde está: Dentro de ti. Intocable. Impermeable. Inidividual y único. Y es ahí donde reside el secreto: No lo ves, lo sientes. Y sólo tú lo puedes sentir.

Déjame que te cuente una pequeña historia…
Llegado un momento en mi vida, tuve un problema de salud muy gordo (tanto, que durante unas horas estuve literalmente luchando entre la vida y la muerte, viendo como mi espíritu tenía que decidir donde quedarse: Si en la Tierra con mi familia y mi vida terrenal, o en el Universo con el alma de mis abuelas).
Fue un antes y un después para mí, que me hizo conectar con lo tonta y ciega que había sido hasta ahora: Queriendo cumplir roles, queriendo hacer todo (perfecto), queriendo satisfacer a los demás a todo precio, valorando “Hacer” en lugar de “Ser” (que de hecho, «ya es» sin necesidad de hacer). Poniéndome metas irrealistas y frustrandome por «no llegar», en lugar de disfrutar el camino riendo como una niña, libre y desapegada de resultados… Pero por aquel entonces, sentía que mi valía como mujer, como madre, y el de todos los roles que jugamos, dependía de ello. Sintiendome ahogada en el ritmo de «cumplir».
¿Te suena familiar?
En aquel momento, paré. Paré mi vida frenética por completo. Paré todas mis actividades. Paré del mundo exterior. Y conecté con lo que ya hay en mí, y me acordé de que no necesitamos de nada externo para valer (ni de títulos, ni de trabajos, ni de quehaceres, ni de logros, ni de viajes, etc.). Salí de la vorágine de la que me habia auto-exigido yo misma, conecté dentro de mí, y tuve la respuesta: No tienes que hacer nada para valer. Solo te necesitas a tí y… «good news», ¡eso ya lo tienes! Y ese es el mensaje que me gustaría que calara en tu corazón:
Tú ya vales. Per sé. No tienes que hacer nada para valer.
¿Qué pasaría si te dejaras ser, tal cual, sin apegar «a los resultados» o a «la realidad» ningun significado?
¿Si dejaras de ir por la vida intentando cumplir roles (y con eso incluyo el rol de superwoman), haciendo… y en su lugar, prioritizaras, simplemente SER, desapegada de resultados?
¿Si valoraras progreso en lugar de perfección?
¿Si pusieras límites sanos a todo aquello que te quita energía, incluido aquella hora extra laboral, porque te sientes latente y cumples tu derecho de priorizarte, respetando las necesidades de tu cuerpo y mente?
Y aprendí también algo muy importante:
No se trata de “hacer” en esta vida, sino de “SER”. No se trata de “cumplir”, sino de “AMAR”. No hay nada más importante en esta vida que nuestra capacidad de amar, puramente, tal y como vinimos al mundo. Todo el resto, es muy secundario.
Retomando el extracto del libro de Pierre Rabhi: Lo que sucede mayoritariamente es que ese atleta en el estadio olímpico le va a dar el poder al número de fracción de segundo de un reloj, para definir si «vale» o «no vale».
Y ahora imagina que ese atleta es tu hijo… ¿Cómo te gustaría que se valorara a sí mismo frente a las dificultades de la vida? Incondicionalmente e independiente del color del mundo, ¿verdad? Fuerte y resiliente. Y ahora… si alguna vez sientes que tu valor se minva, recuerda esto. No le des el poder a un número, o a una circunstancia, o a una enfermedad, o a un material, o a una persona, el definirte. Tu valor reside dentro de tí, no se ve, lo sientes, y es impermeable, sin condiciones e independiente del mundo exterior.

Hoy (y cada día de tu vida) vive la vida SIENDO tú misma, y AMANDO (a ti, y a la vida). Sabiendo que nada más (repito: nada más) es más importante. Y en el camino de la vida: ¡Juega! ¡Ríe! ¡Disfruta! ¡Ama! Que ganar o perder una carrera se convierta en un juego disfrutado donde tu valor no está en cuestión, donde eres consciente que lo que cuenta en nuestro pasaje por la vida es nuestra capacidad de AMAR, y que eso solo depende de tí; donde eres consciente de que sea cual sea el resultado “del papel” de tu examen o de tu carrera o (lo que quieras poner aquí) tú sólo puedes «ganar» porque todo forma parte de la gran escuela de aprendizaje: La de la vida.
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